Natalicio era un menudo pueblo situado a pocos kilómetros de una gran ciudad donde se concentraba la gran mayoría de la población de la zona que se sustentaba de las actividades agrícolas y otros pequeños negocios. Este pueblecito habría nacido producto de los plantadores y agricultores que se instalaron en su lugar de trabajo, abastecidos de hogar y comida por sus amos y señores.
En medio de todas las humildes familias de los plantadores, generalmente constituidas por una esposa y media docena de hijos, existía una familia lejos más poderosa que todas las demás, que vivía en una enorme mansión, apartada, donde de vez en cuando se celebraban fiestas de la alta sociedad, con los más deliciosos manjares existentes sobre la Tierra, y la música más aplaudida de todo el país. Cuando la familia hacía alguna reunión, la mansión se llenaba de los más distinguidos muchachos de la región, todos ellos en busca del mismo objetivo: desposarse con la única heredera de fortuna de aquella familia.
Eran los Márquez, una familia pequeña no muy apreciada por los pobladores de Natalicio, simplemente porque la misma se mantenía aislada del resto de la población. Estaba el Señor José Márquez, un anciano vestido con los trajes más elegantes que se veían por la zona, y su hija, la pequeña Victoria Márquez, que era la perfecta copia de su padre en apariencia años atrás y modales refinados, más la delicadeza y encanto heredados de su distinguida madre, siempre vistiendo espléndidos vestidos a la moda y pequeños zapatitos acompañados de piedras preciosas y joyería digna de la mismísima realeza.
La niña podía tener todo lo que desease, desde vestidos majestuosos hasta centenares de collares adornados con piedras preciosas. Todo cuanto quisiese, se lo servían en bandeja de plata. Además, tenía un gran privilegio entre las mujeres de aquella época, podía estudiar. Francés, inglés, matemáticas, ciencias sociales y naturales, filosofía, música, incluso latín.
A pesar de todo, ella no era feliz, detrás de todas las luces y la música, ella jamás había recibido afecto por parte de su padre, y aunque su madre la atendía y la llenaba de afecto, esta debía viajar o se ausentaba por un largo tiempo. Entonces era cuando el hombre se comportaba frío e impersonal con ella. Causa por la cual ella solía pasar noches en vela con los ojos llenos de lágrimas.
Aún así la niña tenía un confidente, un amigo, un compañero que siempre la escuchaba y la animaba a contarle sus problemas, sus sueños; que la comprendía a fondo. Pero por sobre todo tenía un vínculo muy especial con él, uno que empezó a notar, junto a él aprendió a tocar el piano maravillosamente. Su querido amigo Felipe, que con el tiempo esa amistad se trasformaría en un profundo amor.
Era una noche de aquellas, cuando el Señor Márquez se había lucido ante todos sus amigos más íntimos de todo Natalicio, dando una fiesta excepcional. Eran ya las doce de la noche, y todos los invitados se estaban despidiendo y agradeciendo la invitación, extenuados por las largas piezas de baile que alegremente habían danzado al compás de la música durante horas. Las señoritas lucían sus vestidos, sujetas del brazo de algún joven amable que se ofreciese a escoltarlas hasta la entrada de la enorme mansión. Sin embargo, los muchachos tenían el rostro pintado con la misma desagradable expresión, disgustados y parecían molestos, algunos se acumulaban en pequeños grupos discretos y lanzaban miradas acusadores a un joven que hasta entonces era su camarada. Estaban furiosos pues el Señor Márquez había aceptado su petición de matrimonio, entregándole el futuro de su única y preciosa hija, y dentro de un mes el casamiento estaría arreglado, después de muchas noches de envíos de alabanzas y cartas al Señor Márquez, y de intentar inútilmente de enamorar a la muchacha de cabello rubio platinado.
Victoria era bastante joven, aunque en esos tiempos las niñas se casaban a la edad de los dieciséis, ella era solamente una frágil pequeñuela. Y como todos los jóvenes de la región deseaban tomarla por esposa su padre tenía mucho de donde escoger. Jóvenes de todos lados y de todas las clases sociales llegaban en busca de suerte para luego ser destinados sin premio alguno a sus hogares por el padre de la niña. Pero esta vez parecía ser distinto, al parecer el Señor Márquez al fin había tomado una decisión.
Después que todos los invitados se marcharon a casa en los cómodos coches, abrigados y protegidos del frío de la noche, se quedaron en casa el anfitrión de la fiesta, su esposa y su hija, sentadas cómodamente en el salón sobre mullidas butacas. El anciano señor Márquez, fumaba su pipa en silencio, con los ojos cerrados en un gesto muy parecido al dolor, pero que en el fondo era cansancio. La señora Márquez seguía con su labor de punto, que la entretenía por muchas horas. Mientras su hija, Victoria, miraba el pasar de los segundos en el reloj que su padre tenía a sus espaldas, un enorme reloj situado sobre la chimenea, que ardía en cálidas llamas crepitantes. Cuando de pronto, el anciano murmuró:
-Con mi amigo López, acordamos celebrar la boda dentro de dos semanas.
-¡Pero se supone que sería un mes! - protestó Victoria, algo alterada a juzgar de la expresión de su rostro.
-Unas semanas más, unas menos, es lo mismo… - Con indiferencia contestó su padre.
El anciano siguió fumando su pipa, demasiado concentrado en saborear cada bocanada de humo que aspiraba, con la frente surcada por múltiples arrugas que delataban su edad.
- Ese joven es bueno para ti, viene de una buena y adinerada familia, y estoy seguro de que siente un gran afecto hacia ti. – Agregó finalmente sin dejar a la joven demostrar su desprecio hacia el muchacho.
Victoria, vacilante alejó la mirada del rostro ajeno de su padre y sintió rabia por dentro, quemándole como el fuego en la chimenea. Mientras se perdía en sus pensamientos con su verdadero amor, Felipe.
-Estela… ¿Qué te parece el muchacho? - preguntó el anciano a su esposa. Ésta dubitativa, tardó en contestar.
- Y supongo que como fue criado por mi intima amiga, Madame Lynch, es buen muchacho, además de que sabemos que siente algo muy fuerte hacia nuestra hermosa niña. Creo que conformarán una bonita pareja.
El anciano asintió en silencio. Ya había tomado la decisión: el joven Panchito López quedaría como su futuro yerno, lo manifestó con una vil sonrisa de suficiencia en el rostro.
Y aunque Estela siempre adoptase postura ecuánime, carente de emociones, alrededor de su futuro y afortunado yerno, cosa muy extraña en su persona, ya que solía ser extremadamente comunicativa y demostrativa con las demás señoras y doncellas de la zona. Siempre había sentido una secreta aversión hacia el joven. No pudo evitar que los hechos tomen otro rumbo. Pero bueno, las cosas eran como eran y ya no se podía dar marcha atrás o al menos eso creía.
Mientras todo esto ocurría en la sala de los Márquez, un muchacho que había escuchado la noticia del próximo casamiento de la mujer que él amaba, sollozaba con lágrimas vivas en la fría habitación de servicio. La luz de la luna iluminaba vagamente su delicado perfil. El muchacho pudo sentir una ráfaga de frío atravesar su piel, como agujas punzantes, hiriéndole despiadadamente. El viento frío acariciaba sus mejillas y a la vez susurraba en su oído la brisa. Calado hasta los huesos, se abotonó la sencilla chaqueta hasta el cuello y se cubrió el cuello. De este modo siguió su inútil juego de golpes al pecho y llanto hasta quedar profundamente dormido.
Cuando al fin la niña se marchó hacia su habitación, tenía la mente confusa, No se podía creer que tendría que casarse con un egocéntrico y perverso joven de diecinueve años. Ella tenía la vista borrosa. Ni imaginarse podía el hecho de que dentro de un mes, tendría que pronunciar un “Si quiero” a la persona no deseada, en condiciones y circunstancias desagradables.
Victoria pensaba “Pero, ¿Cómo una criatura que ha sido criada por una familia en la que el padre es un mercenario y la madre es encargada de un burdel – he ahí el apodo Madame – Serían capaces de criar a un niño con valores? Nada más que un simple recuerdo de infancia llevo de él. Una borrosa ilusión óptica. Entonces ¿Cómo seguiré el resto de mi vida junto a alguien que no conozco?
¿Cómo serán los besos sin no alcanzarán la delicia del amor? Y así siguió Victoria hasta que sus ojos puertas del cielo se cerraron en lo avanzado de la noche.